Ramón Pérez de Ayala

perezayala

Oviedo, 9 de agosto de 1880. Bautizado en la iglesia de San Isidoro, Oviedo. Su padre, Don Cirilo, oriundo de Tierra de Campos (provincia de León) fue un comerciante de textiles que en su juventud residió en Cuba. Perdió a su madre, Doña Luisa, asturiana, en su primera infancia. Siempre se resintió de esta orfandad, padeciendo soledad y miserias afectivas derivadas, además, de estar la mayor parte de su mocedad interno en colegios de la Compañía de Jesús. Estudió derecho en Oviedo bajo la protección de Leopoldo Alas, «Clarín». Allí entró en contacto con los pensadores del krausismo, entre ellos Rafael Altamira, Posada y otros. Dispuso de la excelente biblioteca del marqués de Valero de Urría. Por entonces se deja melenas y viste con chaleco y monóculo como un dandi y exhibe una personalidad volteriana y liberal. Le atrae tanto el regeneracionismo de sus mentores como el decadentismo estético de la Europa de preguerra. Aborrece el conservadurismo burgués de la ciudad de Oviedo, que en su obra aparece bajo el nombre de «Pilares».

Viajó por Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos y fue corresponsal de guerra durante la del 14 para La Prensa de Buenos Aires. De su visita a los campos de batalla surgió su obra Hermann encadenado (1917). En 1927 obtiene el Premio Nacional de Literatura. En 1928 es elegido miembro de la Real Academia Española.

En 1931, con José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón, firma el manifiesto «Al servicio de la República», manifiesto antimonárquico que tuvo extraordinaria influencia sobre la opinión pública y valió a los tres el apelativo de «padres espirituales de la República». El Gobierno de la República le nombró director del Museo del Prado y en 1932, Embajador en Londres. Sobre este periodo de su vida, figuran numerosas alusiones, más bien burlonas, en las Memorias de Manuel Azaña. Descontento con el rumbo político pre-revolucionario que imponía en España el Frente Popular dimitió de su cargo en junio de 1936 y al iniciarse la Guerra Civil Española se exilió a Francia. Dos hijos suyos se alistaron como voluntarios en el Ejército Nacional y Pérez de Ayala explicó y defendió su toma de posición en una «carta abierta» publicada el 10 de junio de 1938 en el diario londinense The Times.

Vivió sucesivamente en París y en Biarritz y más tarde en Buenos Aires, donde fue nombrado agregado honorario de la Embajada de España. Regresó provisionalmente a España en 1949 para resolver algunos asuntos personales, regresando después a la Argentina. Diversos reveses familiares y sociales le sumieron en una aguda depresión. Cada vez más alejado de sus «muertos», los libros, colaboraba cada vez menos en los periódicos, donde su firma ya no era requerida con el apremio de antaño. La amputación de la pierna del menor de sus hijos, primero, y la muerte, después, del mayor, fueron los golpes de gracia que hicieron del suyo un verdadero «dolorido sentir» y lo que le decidió a volver a Madrid, en diciembre del 54. Había pasado fuera de España veinte años. Sus libros en la España nacional no tenían libre circulación y los americanos estaban prohibidos. A pesar de los esfuerzos que hizo para congraciarse con los nuevos gobernantes, estos parece que le desdeñaron con la vieja frase de «Roma no paga a traidores». Tras varias visitas ocasionales, acabó regresando definitivamente a España en 1954 y desde entonces allí residió, publicando regularmente artículos sobre temas literarios en el diario ABC. Murió en Madrid unos días antes de cumplir 82 años.

En cuanto a su producción narrativa, los críticos suelen distinguir dos etapas en su actividad novelística.

En la primera, correspondiente a su época juvenil, aparece como un escritor realista con una visión pesimista de la vida, que se trasluce a través de una sutil ironía.

Con Belarmino y Apolonio (1921) empieza su segunda etapa, donde abandona el realismo en favor del simbolismo caricaturesco y el lenguaje se recarga con componentes ideológicos propios del ensayo. Tigre Juan (1926) es considerada como la mejor novela de Pérez de Ayala, y refleja la evolución de un hombre extremadamente machista hacia una comprensión más humana mediante el torcedor de la infidelidad de su mujer. La segunda parte, El curandero de su honra, constituye un sutilísimo examen psicológico del machismo, que coloca a Pérez de Ayala en la cima de la narrativa psicológica en castellano.

El estilo de Ramón Pérez de Ayala se caracteriza por la ironía y el uso de un lenguaje muy refinado, donde abundan las alusiones, las citas encubiertas y la intertextualidad, por la abundancia de cultismos y helenismos y por el uso ocasional de las técnicas degradantes del esperpento. El perspectivismo y el contrapunto son técnicas que a veces utiliza, dividiendo incluso la página en dos columnas para contrastar puntos de vista. En su primera etapa reproduce de forma casi naturalista los sonidos.

 

 

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