Estamos leyendo: El perro del hortelano y El tiempo de los emperadores extraños

enero 16, 2014

9788074842122

El perro del hortelano, llamada también La condesa de Belflor, es un ejemplo de comedia de enredo y costumbres, escrita hacia 1618. Diana, la condesa, está enamorada de Teodoro, que ama a Marcela aunque está dispuesto a prestar oídos a su señora. Pero Diana se encuentra en un dilema: ni quiere casarse con él porque no pertenece a su clase, ni le da el consentimiento para que se case con Marcela. Sin embargo, cuando se entera de que Teodoro puede ser descendiente del conde Ludovico, acaban sus dudas.

El acto primero comienza en el palacio de la condesa de Belflor, con la huida de Teodoro y su lacayo Tristán, sin que el lector —o espectador— conozca las causas de esta trepidante salida. Diana no tarda en solicitar a Fabio noticias sobre el intruso pero es su criada Anarda quien confiesa a su señora que el desconocido caballero es Teodoro, el secretario de la condesa. Es en este punto cuando los celos de Diana toman las riendas de la historia, dando sentido al título de la comedia. Las palabras de Teodoro en el segundo acto recogen la esencia del texto de Lope: «Mas viénele bien el cuento / del perro del hortelano: / no quiere, abrasada en celos, / que me case con Marcela / y, en viendo que no la quiero, / vuelve a quitarme el juicio / y a despertarme si duermo».

El perro del hortelano, de Lope de Vega, se presenta como una comedia palatina en la que los protagonistas quedan puestos al servicio del amor y de los celos, de las intrigas y de las preocupaciones por la honra, en una constante lucha entre la verdadera pasión y el desvelo por las convenciones sociales. Obra representativa de la nueva comedia nacional, El perro del hortelano no sólo supone un referente en la vasta producción del Fénix, sino en la tradición teatral de las letras hispánicas, como demuestran las innumerables representaciones y adaptaciones que ha experimentado hasta nuestros días.

portada-tiempo-emperadores-extranos

Corre el año 1943. La División Azul participa en el cerco de Leningrado y nos encontramos en lo más crudo del invierno cuando aparece el cadáver de un soldado, Luis del Águila, que ha sido asesinado al tiempo que sobre su piel aparece tatuada la extraña frase: “Mira que te mira Dios”.

Los altos mandos de la División encomiendan la investigación del caso, tras algunas reticencias iniciales, a Arturo Andrade, el protagonista de otra novela de Ignacio del Valle: “El arte de matar dragones” quien pide la asistencia del adusto sargento Espinosa. Arturo encara la investigación del caso como un modo de recuperar el honor y la graduación perdidos.

En el curso de la investigación Arturo Andrade intenta dilucidar algo sobre el carácter del asesinado pero sus investigaciones solo acrecientan el misterio. Luis del Águila era una persona sumamente introvertida que apenas tenía amigos y que solamente se relacionaba con el cura de la División con el que continuamente se confesaba, al parecer preso de los remordimientos. ¿Qué es aquello por lo que Luis del Águila se martiriza? Ese es el interrogante que Andrade y Espinosa se afanan por contestar.

Pero el caso se complica aún más cuando se cometen  dos nuevos asesinatos, sin que las víctimas se conozcan ni tengan ninguna otra conexión entre sí. En uno de los crímenes Andrade y Espinosa cercan al asesino y están muy cerca de capturarle pero éste se escapa tras un intercambio de disparos en el que muere Espinosa.

Poco a poco se va desenredando la madeja y Arturo alcanza la revelación de que los asesinatos son en realidad castigos que los masones infligen a aquellos que osan revelar sus misterios. Y así es como Arturo Andrade se va acercando a la verdad, que pone de relieve todos los horrores de la reciente guerra civil librada en España.

Todo ello narrado con el telón de fondo del paisaje nevado de las estepas rusas y con la constante amenaza de los aviones soviéticos surcando el cielo y anunciando la inminente liberación.

La próxima sesión es el martes 4 de febrero, a las 19.00


Ignacio del Valle

enero 13, 2014

ignacio_del_valle

  Ignacio Del Valle Oviedo, Asturias (1971), vive entre Madrid y Nueva York.

Ha publicado hasta 2013 siete novelas y un libro de cuentos. Este último se titula Caminando sobre las aguas (2013), y las anteriores novelas, Busca mi rostro (2012), y Los demonios de Berlín (2009), que es la continuación de El tiempo de los emperadores extraños (2006), llevada al cine en enero de 2012 como Silencio en la nieve Fue dirigida por Gerardo Herrero, y tuvo como protagonistas a Juan Diego Botto y Carmelo Gómez.

Del Valle ha recibido numerosos premios de relato. Su obra ha sido traducida a varios idiomas. Mantiene una columna de opinión en el diario El Comercio de Gijón y colabora en diversos medios. También imparte conferencias y talleres, y dirige la sección cultural Afinando los sentidos en Onda Cero Radio.

En la actualidad, es subdirector y coordinador para Europa de la Fundación Mare Australe.

Novela

  • De donde vienen las olas (1999) Editorial Aguaclara .Premio Salvador García Aguilar
  • El abrazo del boxeador (2001) Krk Ediciones. Premio Asturias Joven
  • El arte de matar dragones (2003) Algaida Editores.  Premio Felipe Trigo
  • Cómo el amor no transformó el mundo (2005) Editorial Espasa-Calpe.
  • El tiempo de los emperadores extraños (2006) Alfaguara. Prix Violeta Negra del Toulouse Polars du Sud 2011, Premio de la Crítica de Asturias 2007, Mención especial Premio Dashiell Hammett 2007, Premio Libros con Huella 2006.
  • Los demonios de Berlín (2009) Alfaguara. Premio de la Crítica de Asturias 2010
  • Busca mi rostro (2012) Plaza & Janés.

http://ignaciodelvalle.blogspot.com.es/

http://www.ignaciodelvalle.es/


Lope de Vega

enero 13, 2014

lope_de_vega

Félix Lope de Vega Carpio nació en Madrid a finales de 1562. Hay discusión acerca de la fecha exacta. El primero de sus biógrafos, su discípulo Juan Pérez de Montalbán, señaló el 25 de noviembre, «día de San Lope, obispo de Verona», pero W. T. McCready ha apuntado que el día de San Lope es el 2 de diciembre, por lo que también se apunta esta última fecha. Sus padres fueron Félix de Vega y Francisca Fernández Flórez, naturales -al parecer- del Valle de Carriedo, en la Montaña santanderina. Félix de Vega, bordador de profesión, debió de acudir a Madrid en 1561, atraído por las posibilidades profesionales y económicas que le brindaba la recién estrenada capitalidad.

 El que sería conocido como «Fénix de los ingenios españoles» comenzó estudiando en la escuela de Madrid que regentaba Vicente Espinel, a quien siempre trata con veneración y respeto en sus escritos. Continuó su formación en el estudio de la Compañía de Jesús, que más tarde se convertiría en Colegio Imperial. Posteriormente, parece que cursó cuatro años (1577-1581) en Alcalá de Henares, aunque sin alcanzar ningún título. Había entrado siendo muy joven al servicio del obispo de Cartagena, inquisidor general y más tarde obispo de Ávila, don Jerónimo Manrique. Algún estudioso ha apuntado la posibilidad de que también estudiara en la Universidad de Salamanca, pero de esto no existe más indicio que una ambigua alusión en la presentación del apócrifo Tomé de Burguillos. La inspiración salmantina y universitaria de algunas de sus obras (El bobo del colegio, El dómine Lucas…) puede y debe explicarse, mientras no dispongamos de noticias más concretas y fidedignas, por su estancia en Alba de Tormes en 1590-1595.

  En junio de 1583 zarpó de Lisboa, tras alistarse en la escuadra que, al mando del marqués de Santa Cruz, tenía como objetivo reducir la resistencia que en la isla Terceira (Azores) oponía el prior de Crato, aspirante al trono portugués, a la autoridad de Felipe II. Al regreso, conoció a la primera de las numerosas mujeres que amó: Elena Osorio, Filis, hija del empresario teatral Jerónimo Velásquez, separada de su marido. En 1587, al saber que un importante personaje, Francisco Perrenot Granvela, lo desplazaba del amor de Elena, hizo circular contra ella y su familia unos poemas insultantes, por lo que fue condenado a cuatro años de destierro de Madrid y a dos del reino de Castilla. Pero el 10 de mayo de 1588 contrae matrimonio por poderes con Isabel de Alderete (Belisa) o de Urbina, hija del famoso pintor. Por esas fechas aseguró Lope que se alistó en la Gran Armada que se dirigía contra Inglaterra, luchando en el galeón San Juan, pero es dudoso; en la corta travesía, que probablemente no abandonó la costa hispano-portuguesa, escribió un poema épico al modo ariostesco: La hermosura de Angélica.

 En diciembre de 1588 volvió derrotada «La Invencible» y con ella debió regresar Lope, que se dirigió a Valencia, tras incumplir la condena que se le había impuesto al pasar por Toledo. Con Isabel de Urbina vivió en la capital del Turia, donde afianza su estética teatral junto a notables dramaturgos como Tárrega, Gaspar Aguilar, Guillén de Castro, Carlos Boil y Ricardo del Turia.

Tras cumplir los dos años de destierro del reino, Lope se trasladó a Toledo y allí sirvió a don Francisco de Ribera Barroso, más tarde segundo marqués de Malpica, y entró al servicio del quinto duque de Alba, don Antonio de Toledo y Beamonte. Como gentilhombre de cámara se incorporó a la corte ducal de Alba de Tormes, donde vivió entre 1592 y 1595. Allí murieron Isabel de Urbina (en otoño de 1594), al dar a luz a Teodora, y las hijas habidas en el matrimonio. Escribió por entonces su novela pastoril La Arcadia.

  En diciembre de 1595 le llega el anhelado perdón y regresa a Madrid, donde es acogido calurosamente. Una nueva pasión le aguarda: Micaela Luján, Celia o Camila Lucinda en sus versos, mujer bella e inculta, también casada, con la que mantiene relaciones hasta 1608, y de la que tendrá cinco hijos, entre ellos dos de sus predilectos: Marcela (1606) y Lope Félix (1607). A partir de 1608 se pierde el rastro literario y biográfico de Micaela de Luján. Lucinda es la única de las amantes mayores del Fénix cuya separación no dejó huella en su obra. Pero en 1598 había contraído segundas nupcias, tal vez por dinero, con Juana de Guardo, hija de un rico abastecedor de carnes, vulgar y poco agraciada. Sólo en los poemas dedicados a su amado hijo Carlos Félix (el matrimonio tuvo, además, tres hijas) asoma la figura borrosa de la esposa. Durante bastantes años Lope se dividió entre los dos hogares.

En septiembre de 1610 Lope se traslada definitivamente a Madrid y compra la casa de la calle Francos (hoy de Cervantes), en la que vivirá el resto de sus días. En 1609 había ingresado en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento en el oratorio de Caballero de Gracia y al año siguiente se adscribió al oratorio de la calle del Olivar.

 Doña Juana sufre frecuentes enfermedades y en 1612 Carlos Félix, al que había dedicado poco antes Los pastores de Belén, muere de unas calenturas. El poeta escribirá una de las más bellas elegías de nuestra lengua («Éste de mis entrañas dulce fruto…»), pero poco intensa, porque Lope era demasiado vital. El 13 de agosto del año siguiente Juana de Guardo muere también, al dar a luz a Feliciana. El 24 de mayo de 1614 decide ordenarse de sacerdote.

Lope no dejó de escribir hasta cuatro días antes de su muerte.

El 25 de agosto de 1635 sufrió un desmayo que le obligó a guardar cama. Dos días después, el lunes 27, moría en su casa de la calle de Francos cuando contaba setenta y tres años.

 Lope de Vega cultivó la mayor parte de los géneros vigentes en su tiempo, muchas veces con extraordinaria calidad. Y tan copiosamente, que ello le valió el título de «Monstruo de la naturaleza». Su obra lírica es muy extensa. Estrictamente líricos son sus libros Rimas sacras (1604), Romancero espiritual (1619), Triunfos divinos con otras rimas sacras (1625) y una serie de folletos con uno o varios poemas, como Cuatro soliloquios (1612) y las églogas Amarilis (1633) y Filis (1635). Libros misceláneos son las Rimas (1602), formado por doscientos sonetos, y los poemas épicos La hermosura de Angélica y La Dragontea; y las burlescas Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634), donde incluye La Gatomaquia. Intercala poesías líricas en varios de sus volúmenes en prosa, las junta a diversos poemas épicos y las mezcla con prosas y comedias en La vega del Parnaso (1637).

Lope declaró haber escrito 1.500 piezas dramáticas; se conservan 426 comedias a él atribuidas (de las que sólo 314 son seguras) y 42 autos sacramentales.